Durante años, el biogás se ha entendido casi exclusivamente como una fuente de energía renovable: producir electricidad, calor o, tras su depuración, biometano para sustituir al gas fósil. Y ese papel es importante. Muy importante.
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Ahora bien, en paralelo, desde centros de investigación europeos, empieza a tomar forma una idea más ambiciosa:
¿y si el biogás no fuera solo energía, sino también materia prima?
¿Y si, en lugar de quemarlo siempre, pudiéramos transformarlo en productos de alto valor, como proteínas?
En este contexto aparece el Proyecto SPRING, liderado por la Technical University of Denmark (DTU), que propone un cambio de enfoque: utilizar el biogás como base para producir proteína microbiana mediante biotecnología, dentro del contexto de una economía circular.
No es ciencia ficción. Tampoco es una solución mágica. Pero sí es una línea de trabajo que merece ser explicada con calma, sin exageraciones y con sentido crítico.
El Proyecto SPRING: biogás más allá de la energía
El Proyecto SPRING nace en el Departamento de Ingeniería Química y Bioquímica de la DTU, una de las universidades europeas más avanzadas en biotecnología industrial.
Su objetivo es claro:
explorar cómo los componentes del biogás —principalmente metano (CH₄) y dióxido de carbono (CO₂)— pueden utilizarse como “alimento” para microorganismos capaces de producir proteína.
Dicho de forma sencilla:
- El biogás procede de residuos orgánicos.
- Ese biogás contiene moléculas ricas en carbono.
- Algunos microorganismos pueden alimentarse de esas moléculas.
- Al crecer, generan biomasa rica en proteína.
El resultado no es un yogur ni una hamburguesa vegetal lista para consumir, sino lo que se conoce como proteína microbiana o single-cell protein: una materia prima con potencial para alimentación animal, ingredientes alimentarios o usos industriales.
¿Qué es y qué no la proteína microbiana?
Conviene aclararlo desde el principio para evitar malentendidos.
La proteína microbiana:
- se produce a partir de bacterias, levaduras u otros microorganismos,
- tiene un alto contenido proteico,
- puede sustituir parcialmente a proteínas convencionales en ciertos usos.
Pero:
- no es comida “artificial” creada en un laboratorio sin relación con la naturaleza,
- no sustituye directamente a la agricultura o la ganadería,
- no está pensada para producir alimentos completos de forma inmediata.
Es, sobre todo, una forma de aprovechar mejor los recursos: residuos → biogás → biomasa → proteína.
Ejemplos reales
Aunque SPRING está en fase de investigación, no parte de cero. En los últimos años han aparecido proyectos y estudios que demuestran que esta idea es técnicamente posible.
- Del biogás a la proteína microbiana
Diversos estudios han demostrado que ciertas bacterias pueden:
- consumir metano,
- transformar ese carbono en biomasa,
- producir una proteína con un perfil nutricional interesante.
En algunos experimentos, el biogás no solo se “limpia” (como ocurre en el upgrading tradicional), sino que se transforma directamente en un nuevo producto.
- Aprovechar también el CO₂
En lugar de eliminar el CO₂ del biogás para descartarlo, algunos procesos lo utilizan como:
- fuente de carbono,
- ingrediente clave para el crecimiento microbiano.
Esto conecta con una idea potente:
no todo el CO₂ es un residuo; en algunos contextos puede ser un recurso.
- Biogás, hidrógeno y biotecnología
Otros proyectos combinan:
- biogás,
- hidrógeno renovable,
- microorganismos específicos,
para mejorar la eficiencia del proceso y aumentar la producción de proteína. El resultado es una especie de biorefinería, donde energía, gases y biología trabajan juntos.
Diferencia con el uso energético del biogás
La diferencia es profunda.
Tradicionalmente, el biogás se ha usado así:
- Se produce a partir de residuos.
- Se quema para generar energía.
- Fin del proceso.
En el enfoque de proyectos como SPRING:
- El biogás se produce a partir de residuos.
- Se analiza su composición molecular.
- Parte de ese gas se usa como materia prima.
- Se generan nuevos productos.
- La energía sigue existiendo, pero no es el único objetivo.
No es “mejor” ni “peor”. Es distinto.
Límites: lo que este enfoque NO resuelve
Aquí es donde conviene bajar el volumen del entusiasmo.
Estos procesos:
- requieren instalaciones complejas,
- necesitan control biológico preciso,
- consumen energía,
- están en fases piloto o de laboratorio.
Por tanto:
- no sustituyen hoy al biogás energético,
- no son aplicables a todas las plantas,
- no van a alimentar al mundo en diez años.
¿Por qué entonces es importante SPRING?
Porque abre preguntas relevantes:
- ¿Tiene sentido quemar siempre el biogás?
- ¿Podemos extraer más valor de los residuos?
- ¿Qué papel puede jugar la biotecnología en la transición energética?
- ¿Cómo conectamos energía, alimentación y territorio sin simplificar?
SPRING no ofrece respuestas cerradas: plantea un interesante y necesario debate en un espacio muy acertado.
Biogás como nodo de la economía circular
Una de las ideas más interesantes de este tipo de proyectos es que el biogás deja de ser el final del camino y se convierte en un nodo intermedio:
- conecta residuos con energía,
- conecta energía con materia,
- conecta territorio con innovación.
Eso encaja especialmente bien en una transición energética que:
- no puede basarse solo en electricidad,
- necesita moléculas renovables,
- y debe pensar en el uso inteligente y eficiente de los recursos locales.
El Proyecto SPRING es una apuesta para pensar el biogás más allá de la combustión y un ejemplo de cómo la economía circular puede ir más allá de los eslóganes.
El reto ahora no es venderlo como una solución total, sino entender dónde encaja, dónde no, y por qué.
Porque en la transición energética no todo se puede electrificar, no todo se debe quemar y no todo se resuelve con una sola tecnología.
Y ahí, precisamente, es donde proyectos como SPRING aportan valor: ayudándonos a pensar mejor.